Illampu – Bolivia’s hardest 6000er

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Texto de Isabel Suppé / Fotos de Maximo Kausch

(Reportagem publicada originalmente na revista argentina Weekend de outubro de 2009)

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Cumbre en una de las montañas más inaccesibles de nuestro vecino país. Cómo es la ruta y la técnica para coronar con éxito los 6.370 m. La ruta normal más difícil de Bolivia”, escribió Yossi Brain en su clásica guía de los Andes bolivianos. Y no lo decía cualquiera sino Yossi, ese le- gendario escalador inglés quien sobrevivió a una caída de 800m en Chamonix, nada menos que para despertarse en la unidad de terapia intensiva sabiendo que iba a dedicar el resto de su vida a transitar por aquella fascinante y peligrosa dimensión al borde del vacío que llamamos montaña. Esa resolución lo hizo convertirse en una de las autoridades máximas en las vías de la Cordillera Real, razón por la cual sabíamos que el Illampú requería una buena preparación.

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Y nos preparamos. De hecho, veníamos de escalar varias de las cumbres más altas de Bolivia: Sajama, Parinacota e Illimani, entre otras. Estábamos bien aclimatados, pero también teníamos que atender nuestros estómagos. Por lo tanto arrasamos con el stock de “piques al macho” y “lomos montados” disponible en el pueblo de Sorata, donde se encontraba nuestra cordada: Máximo Kausch, un argentino-brasileño con pasaporte inglés; Pedro Hauck, brasileño autentico,yquien escribe, Isabel Suppé, ex-alemana y argentina de adopción (nacionalidad que figura en el libro de cumbre del Aconcagua). Todos ellos patrocinados por Andean Heights y Gentedemontanha.com.

El primer obstáculo lo encontramos sin tener que bajarnos del fiel Ford EcoSport de Pedro: recorrer los 45km de Sorata hasta el poblado de Ancoma sobre una llamada “ruta” que es más bien una “senda que une pozos” sin ningún tipo de señalización. Nos llevó tres horas, mucho sudor, varios temblores y un buen panorama del abismo.

La siguiente etapa consistió en buscar el inicio de la huella que lleva a Aguas Calientes, el campamento base del Illampú. Una tarea nada fácil, ya que al Illampú llega poca gente y además existe escasa información acerca de esta majestuosa montaña. Si bien entre los tres manejamos cinco idiomas a la perfección, la comunicación con los habitantes de Ancoma nos resultó sumamente difícil. Los pocos lugareños que hablaban español decían que el camino empezaba “ahícits nomás”. Un término que puede significar: aquí, al lado, en frente , arriba, abajo, en línea horizontal, a la derecha, a la izquierda, en la ciudad, en el campo, en Bolivia, en otro país de nombre desconocido y tal vez en otra planeta. Aparte puede indicar desde la inmediatez absoluta hasta la duración de un viaje secular.

Lamentando la falta de unas cartas de tarot emprendimos la caminata. Por tratarse de una montaña técnica veníamos cargados a más no poder: las cuerdas, tornillos de hielo y estacas suman mucho peso. La mochila de Máximo pesaba nada menos que 40 kg. Así y todo, a las seis de la tarde, y después de subir por un encantador bosque de queñoas, llegamos a Aguas Calientes, situada a 4.600 m. Armamos nuestra carpa al lado de una vega y después de una abundante cena de pasta nos dormimos escuchando los sapos.

El día siguiente

Disfrutamos de un desayuno al sol antes de querer acordarnos del peso de nuestras mochilas. Sin embargo, una vez en camino hacia el campamento alto quedamos fascinados con los paisajes que el Illampu desplegaba, como las gigantescas lenguas glaciarias de un hielo azul sumamente fracturado. Cada tanto el estruendo de una avalancha de hielo nos hacía acordar lo pequeños y frágiles que somos.

Durante varias horas seguimos subiendo por uno morena lateral donde nos cruzamos con una cordada sevillana. Habían cambiado su plan inicial de escalar varias vías ED (extremadamente difíciles) por la normal del Illampú, y habían llegado nada más que hasta la altura del campo alto. A dos horas del campamento alto llegamos al hielo y paramos a colocarnos los grampones y sacar las piquetas. Continuamos a través de una ladera de penitentes y poco antes del anochecer alcanzamos un bellísimo anfiteatro formado por el Illampú, Huayna Illampú y el Pico Schulze.

A casi 5.600 armamos nuestro campamento alto, arriba del glaciar, y empezamos a derretir nieve, tanto para la cena como para tener el agua que necesitabamos para el día de cumbre. La travesía comenzó antes del amanecer, con la luz de luna por un glaciar agrietado. La pared comenzó con una rimaya bastante incómoda para personas petisas, y continuó con una inclinación de aproximademante 60° de nieve dura y algo de hielo. Sin embargo, después de los primeros cuatro largos el panorama cambió: nos encontramos con hielo verglás sumamente inestable, que se fracturaba con cada piquetazo y, por lo tanto, requería escalar con suma atención. Siendo tres, y encontrándonos obligados a asegurar largo por largo bajo estas condiciones, demoramos más de diez horas en ese tramo de tan sólo 350 m. Recién pudimos alcanzar el filo cumbrero a la una y media de la tarde, sabiendo que nos quedaba la parte más peligrosa de la expedición: rapelar por la pared que acababamos de subir.

Después de un tramo suave, llegamos a una última pared técnicamente fácil pero de nieve muy inestable y, por lo tanto, muy incómoda de subir, sobre todo a más de 6.000 m de altura. A las cuatro de la tarde finalmente alcanzamos la cima del Illampú, a 6.370 m. Embriagados por la belleza sobrenatural del paisaje que se desplegaba a nuestros pies nos olvidamos del cansancio y de la larga bajada que nos esperaba para disfrutar de ese momento tan anhelado. Nos abrazamos con emoción, admiramos el lago Titikaka y la Cordillera Real, que se veía desde su extremo norte donde linda con la selva amazónica y el Pico Schulze. Nos hidratamos con una taza de té y empezamos el descenso. Quedaban pocas horas de luz.

Cuando llegamos al límite superior de la pared ya estaba anocheciendo y depués de destrepar unos 50 m empezamos a rapelar con suma atención los seis largos que nos separaban del piso. La mayoría de los accidentes en la montaña suceden durante la bajada debido al agotamiento físico de los escaladores. A las diez de la noche, después de 18 horas de escalada alcanzamos nuestra carpa, que nos pareció más acogedor a que cualquier cinco estrellas. De hecho, dormimos tan bien que al día siguiente emprendimos la bajada recién a la una de la tarde.

Durante el descenso nuestra felicidad quedó empañada ante la presencia de los estragos causados por el hombre: los lugareños tienen la costumbre de incendiar los pastizales y arbustos que encuentran a lo largo del camino. Cegados por el humo seguimos la huella hasta el campamento base, donde encontramos otra mala sorpresa. Debajo de unas piedras habíamos dejado escondido para nuestro retorno algo de comida y las zapatillas de Máximo.

Sólo encontramos un cartucho de gas, lo cual redujo nuestra copiosa cena a un plato austero y obligó a Máximo a caminar hasta el pueblo con sus botas dobles. En el hielo ese calzado pesado y rígido preserva los pies de los temido congelamientos, pero a bajo cota se vuelve muy incómodo, además de insoportablemente caluroso. Al día siguiente, de vuelta en Ancoma también Isabel se quedó sin zapatillas ya que habían quedado en la casa del señor que nos cuidaba el auto. Desgraciadamente ese caballero andaba “Ahicits nomás” y ya venía. Como queríamos manejar el peligroso tramo hasta Sorata con luz de día, decidimos sacrificar las zapatillas…

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